miércoles, 11 de octubre de 2017

Abusos de poder: Ideas para pensar y compartir

Los abusos de poder no tienen dimensiones. No hay más pequeños o grandes abusos, en sí constituyen una falta de respeto y no considerar al otro como una persona, en la integridad de su cuerpo, emociones y alma. Y eso incluye la forma de pensar la religión, la política o el medio ambiente, solo por mencionar algunos detalles de lo que nos hace las personas que somos.
Si estamos en una posición de poder, ser capaces de reconocer que ocupamos ese lugar y que debemos resguardar a quienes deben o han decidido por alguna razón, compartir sus vidas con nosotros, nos hace mejores personas y por ende, más poderosos en un buen sentido. El poder no es algo malo, sino tan sólo cuando traspasamos la barrera de lo permitido, es decir cuando desde ese lugar somos capaces de infligir un daño en el otro. Ese daño no tiene dimensión, es daño. Puede provocar las lágrimas de un niño al no responder su pedido de atención o las de un adulto al quebrar su entereza en medio de cualquier día. Puede ser cobrar una deuda con interés más allá de lo que la norma económica permite, o agredir sexualmente a un niño, niña, adolescente, hombre o mujer. Es quebrar ese, a veces mínimo, espacio en el que las personas confían que se podrán entender.
Pero ese entendimiento no ocurre, quebrada la víctima el abusador domina la situación, y será perfecta la escena si tras eso viene el silencio. Muchas personas con traumas y silencios guardados describen dolores de garganta y problemas en la voz, incluso en momentos de angustia aparece eso que parece tan común “un nudo en la garganta”, una opresión, algo raro que es tan físico como emocional. Gracias al amor, uno se sana. Al amor que uno le agarra a la vida, el que la vida te devuelve de regalo por haber sobrevivido, el que llega de la mano de un compañero de ruta o de un hijo, de la madre que te cobija, de algún amigo que arriesga en parte de su vida por salvar al que se puede hundir. Sí, también gracias a la terapia de psicólogos o psiquiatras, las que sean necesarias y de los tipos que se quieran, pero si no hay un espacio o entorno de protección, confianza y atención, la recuperación del haber sido vulnerados, no siempre se dará.
El poder es hermoso si es bien usado, pero como humanidad nos hemos ido deshaciendo tras el anillo como Golum. Tan hermosas oportunidades son desperdiciadas: la de compartir conocimiento, de escuchar al otro, o de incentivar nuevas búsquedas, tanto como ceder el paso en la calle al otro transeúnte o automóvil. El individualismo es más que una moda, es una amenaza y está detrás de todo esto, como tras un velo eso sí, medio escondido pero presente. Es tan solo un momento de cada día en que podríamos modificar las acciones, la nuestra y de los que nos rodean.
Hace poco leí que un microbús intercomunal, por Quilpué o Villa Alemana, un hombre fue golpeado por los pasajeros, luego de que una niña avisara que había sido abusada por él. Los comentarios que de la publicación, hecha en Facebook por cierto, incluían alabanzas a la agresión hecha contra el hombre, porque no pueden seguir ocurriendo abusos contra los menores, contra nadie, nunca más, y nadie hace justicia como corresponde, más un largo etcétera en ese mismo sentido. Lo que me impresionó, y sobre lo que me gustaría reflexionar, es que nadie se refirió al estado de la niña, nadie en pos de su resguardo contó cómo estaba, ni manifestó que ayudarla era contenerla, hacerle cariño, tranquilizarla, llamar a sus padres, darle un tecito, decirle que estuviera tranquila, que no era culpa de ella. Y por sobre encima de eso, socialmente es muy poco lo que se comenta acerca de los efectos de los traumas, en la salud física (mil enfermedades son herencias de traumas no tratados) y menos de salud mental.
No, no me gustan los abusos de poder. Pero me han movido el alma y hoy son mi tema de estudio, en mis queridas ciencias sociales y en todo mi ámbito de acción. Así, son una pasión, una revisión y un no al silencio. Y lo que muchos tampoco saben es que hablar para las víctimas es un proceso demasiado crítico, se estima en 20 años el promedio que toma una persona en denunciar un abuso sexual infantil, pero ese abuso es una huella de por vida. Si tienes tratamiento psicológico y acompañamiento familiar, contención, sanarás y resignificarás, pero como una costra en nuestras rodillas de la infancia, el trauma deja huella. Si a un adulto hecho y derecho le cuesta volver sobre su trauma, piensen lo que significa para un niño o niña. Un día, a propósito de la Comisión Valech y los testimonios, una persona me contó su razón para no dar testimonio, pero también me hizo un regalo de memoria y relató todo lo que había vivido, los olores y dolores, los grillos, las estrellas, las voces de los torturadores y cómo los reconoció: unos años después murió de cáncer en la boca.
En ámbitos cotidianos y sin daños físico, un abuso de poder en un contexto académico puede cambiar el curso de la vida de una persona, en su más amplio sentido. De ser bailarina a ser arqueóloga, de ser abogado a ser escritor. Gilda Rodríguez fue nuestra maestra de ballet, en los años 80 porteños: ella no quiso ser parte del BANCH, había estudiado en la Universidad de Chile, pero ella era la profesora de academia de provincia. Y a mi parecer, además de técnicas de ballet, al menos a mí me enseñó que uno puede dejar de lado su ego y disfrutar el brillo de los otros. El mejor lugar de quien honestamente es maestro. La he recordado mucho a partir de una experiencia reciente en contexto académico, ella buscó un lugar para mí que no me subí a las puntas: la danza moderna ha sido mi adoración. No me criticó, no me dijo que no podía seguir ahí, me incluyó en el baile de puntas de las demás, reforzó la delicada estructura de la autoestima de una niña que sí empinaba la vida por sobre los 10 años.
Es fácil decir “haz una denuncia” pero no todos pueden hablar, no los culpen por favor. Y en eso de analizar los abusos de poder en las pequeñas acciones de cada día, ponerse en el lugar del otro es el más difícil de los ejercicios. Si tu no lo has vivido, si no puedes imaginar el dolor o la pena, no emitas juicio. Y cuando alguien denuncia abusos de poder, del tipo que sea, ponerse a su lado e intentar escuchar su corazón, su voz, la que habló y la que guardó, se agradece y genera confianzas. Como bien enseña Vinka Jackson: Escuchar, creer y proteger (http://vinkajackson.com/dossier_asi/develacion-asi-recepcion-del-relato-algunas-claves/)

Esta semana celebramos que el Congreso Nacional aprobó el uso de entrevistas video grabadas en niños y niñas víctimas de ASI, respiramos aliviados todos los que queremos una infancia protegida y futuros adultos más sanos. Y se agradece que haya gente que hace este trabajo. Los invito a pensar, a compartir y, citando a Vinka otra vez 😊 a escuchar, creer y proteger a nuestros niños, niñas y adolescentes, a los grandes también.  

martes, 2 de octubre de 2012

50 años de ser Baeza & Menz

La Señora Juanita y Don Florentino son mis padres, así les dicen cariñosamente quienes los conocen de cerca. Mi madre es enfermera y mi padre profesor de matemáticas, ambos estudiaron sus profesiones en la entonces Sede Regional de la Universidad de Chile. Si bien mi padre es santiaguino y mi madre valdiviana, fue en Valparaíso que se encontraron, se enamoraron y formaron esta familia, que somos los Baeza Menz: primero nació Adrián, diez años más tarde nací yo y cuatro años después, Miguel Ángel. 

Hace 50 años atrás, un día 26 de septiembre de 1962, nuestros padres se casaron aquí, en la ciudad de Valparaíso. En ese entonces ninguno de nosotros se imaginaba, en el lugar misterioso que antecede a que pongamos los pies en la tierra, que seríamos sus hijos y que por lo tanto vendríamos en ser hermanos. 

 El origen de la historia pasa porque Juanita, entonces terminando el liceo, tenía un profesor particular de matemáticas que no pudo seguir haciéndole clases y le recomendó continuar con su amigo, Florentino. Así se enamoraron y se decidieron a escribir su historia de amor en Valparaíso. 

Mientras pololearon, la gran quebrada que divide el Cerro Alegre del Cerro Cordillera separaba las casas de cada uno. Ellos cuentan que uno de sus puntos de encuentro era en los bancos al costado de la Plaza de Justicia, y que además podían verse desde sus ventanas, él en su pensión de estudiante universitario en la calle Higueras y ella, en la casa de mi abuela sobre la calle Canal. 

¿Por qué insisto en lo porteño? Porque sé que para ellos no es un tema menor, aman esta cuidad y esa emoción han logrado de una u otra forma traspasármela. Sé que tuvieron oportunidades a lo largo de esta vida juntos para cambiar el lugar de residencia, pero optaron por quedarse aquí. El gran cambio para ellos fue pasar de la casa en el cerro al departamento en el plan y, más que eso, creo que será muy difícil que cambien sus costumbres. Sin embargo, gran parte de sus trámites y compras los hacen en Viña del Mar, uno puede apostar y no pierde que un día sábado por la mañana están recorriendo el barrio de 5 Norte o tomando café en la Avenida Valparaíso. 

Pero mis padres no serían justamente mis padres sino hicieran sus compras mensuales en la Gran Bodega Pedro Montt, de los amigos Bacigalupo, frente a la Plaza O'Higgins, donde se compran los ingredientes del pan de pascua y la serie de cosas ricas que conforman su “despensa marinera”, o mi dosis de café Musetti, que mensualmente recibo agradecida. O si pensando en un almuerzo especial, mi mamá no fuera un día jueves justo después de las 15 horas, a la Cecinería Setmacher, la chanchería le decimos, de donde obtiene el lomo kassler o el corte de costillar tal y como ella lo quiere. Si se trata de encontrar un regalo especial o renovar la loza o cristalería, no dudará mi papá en visitar El Olivar, donde se regocija de tanta cosa linda. Y bueno, mi madre es una clienta fiel de la Casa Mirador y Fiorentina (o su versión viñamarina, Ma Stampa) donde me enseñó a comprar ropa de mujer y el lugar en el que encontré el vestido que hoy escogí llevar, como de seguro la tenida que ella hoy lucirá. 

Esos son los lugares que por el momento recuerdo, porque muchos ya han quedado atrás en la memoria porteña, pero con ellos los recorrí de pequeña y me enseñaron a valorar el comercio y la producción local, a querer esta ciudad. Y de hecho, después de vivir 16 años en Santiago volví a Valparaíso y estoy absolutamente convencida que este es mi lugar del mundo, y particularmente porque ellos siguen aquí. 

Hoy en día miran el mar desde su departamento en el piso 15, frente a las bodegas de Simón Bolívar y el Muelle Barón, donde están más informados que nadie del movimiento portuario y desde donde, cada noche de 31 de diciembre, se regocijan de su vista sobre la bahía y los fuegos artificiales. 

Este 29 de septiembre nos reunimos para celebrarlos. Personalmente creo que no sólo porque cumplan 50 años de matrimonio que es algo que me deslumbra, sino también me parece que ellos se han caracterizado por ser sumamente discretos con su propia historia y más que nada, siempre han estado dispuestos para atender y celebrar a otros. En las circunstancias que fueran, mis padres siempre han sido personas de entregar parte de sí para que los demás se encuentren mejor o se sientan contentos. Aunque en ocasiones las clases de matemáticas o la colocación de inyecciones no fueran justo el mejor panorama, han sabido muy bien como contrarrestar el efecto ingrato que pueden tener esas instancias y ganarse el afecto de mucha gente. 

Verlos caminar siempre tomados del brazo por la calle, encontrarse para tomar un café sólo por el gusto de hacerlo, ser testigos de que nunca han podido dormir separados y de que siempre se han saludado con un beso en los labios. Esos son mi papás. Los que también siempre han invitado a su casa a quienes quieren y atienden visitas con dedicación, quienes han sido compañeros en dulces y amargas partes de la vida, pero que nunca han hecho una celebración pública de sí mismos y de su historia de amor, y se la merecen. 

Así que en eso estaremos hoy con quienes han pasado la mayor parte de sus 50 años juntos y que son nuestra familia. No estarán todos los que quisiéramos, pero sabemos que el corazón está extendido y puede llegar tanto a Santiago de Chile, como a Puerto Varas, Antofagasta, Buenos Aires o justo al otro lado del mundo, en un lugar de Australia. 

A mis padres, todo el amor y el agradecimiento por haberme permitido ser justamente esta mujer que hoy soy. Siempre, Juanita Isabel.

domingo, 13 de septiembre de 2009

Los libros y las elecciones presidenciales


Hace dos meses atrás comencé a leer "Diario de mi residencia en Chile en 1822" escrito por la inglesa María Graham, que arribó a Valparaíso luego de que su marido Thomas Graham, comandante de la fragata Doris, falleciera abordo de la nave en el Cabo de Hornos y ella evitara que, como se hacía entonces, su cuerpo fuera lanzado al mar, llegando hasta este puerto para ser enterrado en el Castillo San José y bajo los rituales anglicanos, obviamente. El libro en cuestión es usado como un documento de la época, lo he consultado para buscar datos útiles en arqueología histórica muchas veces, pero en esta ocasión decidí disfrutarlo como un libro de literatura más, aunque fijándome en lo tocante a no ser católico en Valparaíso, a propósito de mi proyecto de memoria de título. Me fui encariñando con María, como me pasa a menudo con los libros y los personajes que viven en ellos cuando me atrapan, siento que si los cierro dejan de vivir todo ese rato que los abandono, y que me llaman cada noche desde el velador, o desde mi bolso en los viajes...creo que mientras uno lee un mundo entero, obviamente paralelo, se anima y somos partícipes de aquello. Pero llega inevitable el momento en que tenemos que cerrar el libro porque su lectura termina y en esta última lectura llegué a provocar risas diciendo "¡No quiero que la Graham se vaya de Chile!". Quería que me contara más cosas de las que vio, no sólo porque me son útiles para entender los objetos arqueológicos, sobre su procedencia, usos y materialidades, sino porque me mostraba imágenes de este país que me impresionaban en los contextos cotidianos actuales. Por ejemplo, que Bernardo O'Higgins hablaba mapuche, y de corrido pues ¿Alguno de nuestros últimos Presidentes lo hace?, me pueden contestar que entonces era necesario porque el Director Supremo tenía que tratar con ellos...mira tú qué cosa, ahora es más o menos lo mismo no más y de hecho, esa historia no ha cambiado casi nada. En Talagante, la Graham estuvo en la casa de un Cacique y se preguntó cómo debía dirigirse a él porque era una autoridad, a ella no le cupo duda al respecto. Otras cosas más "livianas" (y de mina me aseguararán) es que me parece que a esta viuda en algún momento se conmocionó con Lord Cochrane...véanse esas líneas en que se refiere a él con admiración profunda, como buena mujer sabe decir pero ocultar al mismo tiempo. Si bien el dolor por la pérdida de su marido era infinito, supo levantar la cabeza y disfrutar de la brisa y el paisaje en un paseo por Quintero (a la terremoteada casa de Cochrane y en su compañía además) con manifiesta sensibilidad. Demoré en las últimas 10 páginas como hace tiempo no lo hacía con un libro...pero la Graham se tenía que ir no más. Y entendí que en la vida, hay un momento en que se debe dar vuelta la página, en que se cierra el libro. Ella tenía su destino trazado hace 187 años atrás para ser exactos y siguió rumbo a Río de Janeiro para regresar a su Inglaterra. Llevó semillas y bulbos de plantas que después germinaron en jardínes ingleses, siendo una evidencia tangible de su cariño por el extraño lugar al que debió aferrarse para pasar las penas que se le cruzaron en el camino. Abriré entonces otro libro para vivir otras historias que me provocarán otras emociones, me acompañarán en otros viajes, me harán entender otras cuestiones, volveré a repasar lo olvidado o servirán para inventar cosas antes no imaginadas. Sentada en el café de la semana, como en muchas conversaciones que se tienen hoy en día, me preguntan por quién votaré en la próximas elecciones. Por fin escucho un comentario que me remece sobre qué es lo que debiéramos exigirle a un nuevo Presidente: que le quiten el impuesto a los libros. El conocimiento es poder, es tan poderoso no quitar la carga impositiva a los libros como entregarte un baúl de libros con una selección hecha por otros, diciendo lo que debes leer. O sea, la restricción al conocimiento está puesta de forma evidente desde los gobiernos. Y eso que ni siquiera me asomo en temas como el sistema de educación, que ya más vilipendiado no puede estar. Sólo quisiera agregar que por años ví como alumnos de primer año de la Universidad entraban con altos, cada vez más altos puntajes a la carrera, pero que eso no guardaba relación alguna con su escasa capacidad de comprensión de lectura, de responder preguntas de forma coherente empleando adecuadamente tiempos verbales, sustantivos, adjetivos, qué podría decir de la ortografía...era un reflejo más que evidente de que las cosas no iban bien, o que algunos planes están dando resultados. Hay trabajos de difusión cultural que nos han maravillado, como la página www.memoriachilena.cl ¿Cuántos viajes ahorrados a la Biblioteca Nacional? ¿Cuántas horas ganadas con tan sólo hacer click sobre el libro que necesitamos? Pero saben qué, queremos y necesitamos más que eso. Me encontré con una cita en la página www.elultimolibro.net que me parece interesante compartir en este caso: "La información quiere ser libre porque se ha vuelto tan fácil de distribuir, copiar y recombinar que es demasiado barata como para contar. Quiere ser cara porque puede ser de inmensurable valor para el receptor. Esta tensión no desaparecerá. Esto conduce al interminable y desgarrador debate sobre los precios, los derechos de autor, la «propiedad intelectual» y la rectitud moral de la distribución informal ya que cada ronda de nuevos dispositivos hace que la tensión sea peor, no mejor" (Steward Brand, 1984). Y les recomiendo la página citada, visítenla, seguro encontrarán algo de su interés. Y volviendo al origen de todo esto: los libros, los impuestos, el poder, el amor, la aventura (para mí si es de piratas, ¡mejor!), y las elecciones presidenciales de nuevo. Una historia se deja atrás y otra abre una ventana mirando el mar, pienso además en todos esos libros que no llegan a estos lares por temas de distribución y honestamente me da pena y rabia al mismo tiempo, sólo imaginarme las horas que podría pasar indecisa en una librería de Buenos Aires. Si el candidato me dice que elimina los impuestos en cuestión, votaría por primera vez con alguna tranquilidad, mientras tanto ese gesto técnico de la rayita junto a su nombre está mediado por pura incertibumbre.

lunes, 10 de agosto de 2009

Se cierran puertas...se abren ventanas

Nunca he podido olvidar ese día de marzo de 1991 en que mi querida amiga Diva Donna -todavía no le encuentro el alter ego que le calce- entró a mi pieza y me zamarreó literalmente diciéndome que cómo se me ocurría dejar la carrera de historia y que qué diablos pensaba hacer como antropóloga: nada Diva, nadita...al final me convertí en arqueóloga. Y para rematarla me dedico a la arqueología histórica y para terminar, una de los temas que más me apasiona es la arquitectura. Y creo que algo le debo a don Eduardo Cavieres, nuestro último Premio Nacional de Historia.
En mi libreta de notas de 4º Medio dice "Intereses: Antropología", así de claro. Pero las cosas en esa época -P.A.A. mediante- me llevaron a otro lado y el año 1990 yo era alumna de 1er año de Historia en la UCV. Así fue como partió esta historia, justo en el curso de Introducción a la Historia, que entonces daba Cavieres y que yo -era que no- reprobé, como también reprobé Introducción a la Geografía que hacía el inolvidable profesor Pedro Guerra. Inolvidable, entre otras cosas, porque con él entendí qué era la fenomenología cuando hacía el curso por segunda vez y me saqué un 7.0 en ese trabajo de hecho...y me empecé a dar cuenta que lo mío no estaba ahí. Cosa que me hizo entender definitivamente don Eduardo cuando me "torturó" en el examen con eso de "Defina el ser histórico, señorita!!!". Imposible, a hacer el curso de nuevo no más en el segundo semestre.
Ahí a Cavieres se le ocurrió que el trabajo final era analizar un documento, explicó que un documento no era necesariamente ese texto oficial construído como tal, sino que podía ser una carta, un libro, un edificio...y ahí estaba yo, agarrando justo el final de la lista ¡un edificio!, me pareció que era lo que mejor me podía resultar. Decidí abocarme a la Iglesia La Matriz, leí de su historia y me paseé por su interior, por el barrio, conocí incluso la sacristía, recorrí la iglesia tratando de que me hablara (la tarea incluí el descubrir cuánto nos puede contar un documento). Tuve el privilegio de subir al campanario y por entre las rendijas ver el puerto, un regalo simplemente. Me apliqué y, muy en onda UCV, hice el trabajo sobre hojas de papel kraft que yo misma corté y lo escribí con rápidograph a mano. Puse en su sitio cada imagen que tenía y escribí lo recopilado, pero también lo que yo había vivido, sentido, interpretado, le puse tanto cariño...y don Eduardo... zuácate que de nuevo me mandó a la porra: 4.0 y mejor búsquese otra carrera!!!. Y me decidí. Yo creo que sin querer lo que había hecho era un trabajo de antropología más que de historia.
Saco todo esto a colación porque estoy enfrentada a un desafío profesional en un estudio de restauración de la Capilla de Lo Vicuña (Putaendo) y cuando el arquitecto a cargo me contactó -gracias, mil gracias a los dos colegas involucrados en la recomendación- yo le comenté que he participado este año en varias propuestas del mismo tipo y ninguna ha ganado las licitaciones, y es un tema que me apasiona. Entonces él me dijo "a veces se cierran puertas y se abren ventanas"...y ahí estoy, tratando de que el edificio no se me venga encima (porque está que se cae y porque por Dios, parece que lo único que hace es agobiarme con preguntas y no dar respuestas) haciendo justamente una de las cosas que más me gusta y recordándome de ese momento clave de la vida que fue pasar por Historia de la ahora Pontificia UCV.
De verdad creo que uno no se da cuenta cómo se trazan los destinos, como los pequeños detalles nos vuelven lo que somos en este momento y lo que proyectamos. Entonces nunca me imaginé que Diva Donna sería buena amiga hasta ahora ¿te acuerdas de la apuesta que hicimos en la escalera de entrada a la escuela? en que lío nos metimos no?, par de zafadas. Ahora ella esgrime la educación como su bandera, y yo, mmm...el patrimonio cultural es mi vereda. De ahí no me saca nadie.
El fin de semana pasado mi ayudante de terreno me preguntó por qué diablos no había optado por algo más limpio (estábamos llenos de polvo mezclado con caca de palomas, guácalis!) pero solito se contestó que no era posible imaginarme en otra cosa. Y me pilló justo en ese momento en que me agarro la cabeza mirando el muro y preguntándome una y mil veces ¿pero que diantres fue primero? que se refleja en la foto. Todo esto porque este blog surgió cuando por enésima vez hacía esfuerzos por terminar mi tesis de arqueología. Y aquí vamos de nuevo, esta vez con el convencimiento que es desde Valparaíso y en Valparaíso, que estoy aquí y no allá ni acullá, y que como la vida es circular tal vez este es uno de los motivos por los cuales debía regresar.

jueves, 21 de mayo de 2009

El gesto fue sencillo y certero, Priscilla sacó de su muñeca la pulsera y la puso en la mía, diciendo que era para que me acompañara y me cuidara, obviamente con cuasi lágrimas en los ojos las dos y Carla A. celebrando el hecho. La cosa es que mi amiga me decía que no sabía bien la historia de la pulsera -es la vida de Jesús, pero qué significa cada cuenta, misterio- pero con los días y la pulsera puesta, empiezo a entender. Que están de moda, hay una que es tu ángel de la guarda me dice Macarena. Que es bonita no se puede negar, y pienso que de un tiempo acá siempre hay una pulsera de moda, la de los 7 poderes, las del Señor de Buen Fin de Bahía, las tiras de cuero atadas vaya a saber uno con qué fin, las que dicen que te unes a una causa, sea la lucha contra el cáncer de mamas o las que te avisan el nivel de radiación solar.
¿Los 7 poderes? me quedo pensando que en el aikido quien se compromete a practicarlo usa hakama, una especie de falda pantalón, símbolo de samurai, y que tiene 7 pliegues que representan 7 valores que se comprometen a poner en práctica en la vida: valor o valentía, caridad o humildad, honestidad o sinceridad, lealtad o fidelidad, justicia o rectitud, cortesía o civilidad y honorabilidad o dignidad. No están puestos en un orden especial, y no necesariamente son las palabras que interpretan a la perfección el japonés original. Y entremedio me cuentan las veces que el número 7 sale en la historia, asociado a cosas místicósmicas por decirlo de alguna forma: los 7 velos de Isis, los 7 Pecados Capitales y las 7 virudes de los católicos, y bueno ya, los 7 Samurais también.
La cosa es que creo de una u otra forma esa pulsera y la gente que me ha rodeado estos días ha manifestado alguno de los valores antes señalados, y mi tema es que yo tengo un problema con la materialidad, con el dejar evidencia ¿será que soy arqueóloga, ponte tú?. Porque le busqué a la pulserita en cuestión 7 partes y se las encontré, pero no la llevo porque tenga claro el significado que en este momento la sociedad le da, la llevo porque soy tan punky en ocasiones que es una forma de manifestar contrariedad...no sé si me entienden, es como ponerse un Chanel con bototos de milico (Chanel es bien punky si se mira con cuidado, a quien se le ocurrió que las mujeres debíamos usar traje pantalón, a ella pues!!!).
La pulsera para mí significa un nexo a una tribu, la de un grupo de 10 estudiantes del Liceo Nº 2 de Niñas de Valparaíso, (ocupábamos una fila entera en la sala de clases y creo que éramos insoportablemente pernas para las demás ¿se acuerdan de nuestro trabajo "psicológico" por lograr NO tener fiesta de graduación de vestido largo? y adivinen quienes se impusieron, já!), que si bien nos hemos ido perdiendo la pista, al menos las que siempre seguimos juntas llevamos ya más de 20 años de caminos juntas, de una u otra forma. Somos amigas hasta decir basta porque nos conocemos desde chicas y no hemos perdido ni la inocencia ni la picardía, ni la lealtad ni el derecho a guardar distancias, ni nuestras ideas como tampoco los sueños, que sabemos guardar secretos y decirnos brutalidades.
Porque es rico encontrarse con ellas y saber que puedes decir o hacer exactamente lo que quieres sin verguenza alguna. Por eso dejo esta nota con todo mi cariño y en su honor, a sabiendas que en la próxima junta una de ellas no se habrá enterado porque todavía no quiere superar lo de la internet, la otra se reirá y me dirá que me vino la nostalgia, otra lo encontrará lindo, lindo y la otra probablemente saldrá con un comentario que a Mafalda la deja como dulce niña. Me puedo equivocar, pero de sólo pensarlo ya me estoy riendo: habrá cerveza sobre la mesa, probablemente una chorrillana, muchos cigarros circularan, como también nuestros problemas personales, laborales, sentimentales, y la política nacional por supuesto. Y si alguna tiene una foto del liceo, que por favor me la mande, porque yo no tengo ninguna!!!

sábado, 2 de mayo de 2009

El privilegio de la profesión

Esta vez me tocó andar en terreno por Osorno y lo que más ví, además de pasto que no dejaba ver el suelo que se supone debía mirar, fueron vacas. Las de esta foto están en camino a la ordeñadora, una detrás de otra, sin posibilidad de moverse hasta que se abra el paso que las conduce a entregar su líquido alimenticio que se convertirá en leche en caja, en polvo, yogur, queso, etc. Mientras las veía me quedé pensando en la vida, era que no si siempre me ando pegando con las cosas más inverosímiles.
El privilegio de la profesión escogida, de saber que hoy estás aqui, lejos de todo lo cotidiano y que lo cotidiano a fin de cuentas se te transforme en el movimiento constante, el estar variando cada cierto rato de paisaje, de medio de movilización, de gente con la que compartir (o no compartir, también). El privilegio de saber que no estás en una fila en este momento esperando nada en particular, sino sólo en la fila de tu propia vida, tratando de ser conciente y de no pisarle literalmente los callos al que te toca al lado, por buena costumbre, por consideración, vaya a saber uno, igual al fin y al cabo cada tanto sé que lo (o los) paso a llevar sin darme cuenta. Las disculpas del caso por si alguien que llegare a leer estas letras se sintiera identificado.
A ratos he llegado a sentir que mi vida pasa como arriba de un bus y la carretera moviéndose afuera, que esa es la estructura mejor armada que tengo, la de los cambios en los terminales, la de que jamás se me olvida el café para llegar con mejor cara a destino, sea en El Bato o en Huanta, aunque en esta ocasión se me quedó y le hice empeño con el café instantáneo, pero que va, las resacas después de noches de juerga no se pasan igual sin cafeína verdadera y será por eso que al día siguiente Juanita parecía estar mirando siempre al sudeste. Esta vez me enseñaron que existía la Redbull, artilugio que no uso casi por principio, se agradece el gesto, pero para la próxima mejor ponerle un parelé antes como dice una amiga mía por ahí y asumir que a los 3o y tantos ya no se aguanta tanto, o acordarse de las vacas camino a la ordeñadora y disfrutar con la mejor sonrisa la salida de programa y trabajar como estaba programado al día siguiente.
Yo no sé ustedes, extraños y conocidos, pero mi tesis en esta ocasión es que no siempre somos capaces de darnos cuenta del privilegio de los pasos que damos, por grises que anden los días, ojalá que en nuestro fuero interno estemos construyendo algo más que ese único camino a la planta ordeñadora. Sin quitar el crédito a la noble vaca sin cuyo líquido lácteo no seríamos lo mismo.
Por eso he vuelto a escribir en el blog, que es algo asi como palabras al aire, a nadie y todos, al universo, para obligarme de alguna forma a evitar la propia línea, porque siempre hay más para dar, para crear, para disfrutar y compartir.

martes, 10 de junio de 2008

Retomando lo pendiente, en todos los sentidos

¿En los días nublados, qué vas a hacer?, eso dice una publicidad en el camino en la ruta 68. Un rato después me di cuenta a qué se refería. Perdí la costumbre de ver un cielo gris y que la llovizna moje y entender que no es el medio del invierno: es pleno verano. Perdí la costumbre de bajar por una vereda que no ha cambiado en 13 años, y que antes de eso ¡¡¡era igual!!! Que además no es plana, sino totalmente irregular, en la vertical y en la horizontal. Perdí la costumbre de hacer equilibrio sobre baldosas “modernas”, pero llenas de resbalosos deshechos de dudosa procedencia, desde frutas a vaya a saber uno qué. Perdí la costumbre de pararme mientras la micro vuela entre las curvas de Baquedano y después la Av. Alemania. También de subirse o bajarse en la pendiente, desde un colectivo asesino que sube/baja en línea recta, cuando la calle tiene curvas y, además, tiene doble sentido de tránsito.

Sin embargo, una vez puestos mis pies sobre la dichosa vereda y recordado mi cerebro que basta ponerse junto al chofer de la micro para que este se detenga en la próxima esquina, mi memoria empezó a trabajar. Y recordé cada casa y cada tramo de la maldita vereda. Me bastó la sensación de pegoteo sobre la piel para de inmediato oler el mar, el viento que corre y...perros, gatos y humanos que tiene la calle por su baño, súmale la basura dispersa.

Golpeé –nótese el gesto- y un rato después desde el patio vi las grúas del puerto, tal vez no se ve todo el puerto, pero se tiene un horizonte al frente. Pensé que por días, semanas e incluso meses, la única perspectiva que tuvimos fue el borde de los edificios.

Se me había olvidado, pero me acordaré rápido de cada detalle y los nuevos, los aprenderemos. Esto es pura fe. Dicen que, de una u otra forma, uno repite lo vio de sus padres. Ni la Sra. Juanita no Don Florentino nacieron en Valparaíso, sin embargo el amor de ellos es fruto de este puerto. Y además mi padre es santiaguino. Nosotros nos casamos en Valparaíso, porque era lo mío, lo nuestro. Carlos vivió un par de años en el cerro Concepción, antes de que fuera taquillero. Así que como dijo el poeta...vámonos a Valparaíso, reina del océano. Decisión tomada.

PD: escrito en febrero de 2008