El privilegio de la profesión escogida, de saber que hoy estás aqui, lejos de todo lo cotidiano y que lo cotidiano a fin de cuentas se te transforme en el movimiento constante, el estar variando cada cierto rato de paisaje, de medio de movilización, de gente con la que compartir (o no compartir, también). El privilegio de saber que no estás en una fila en este momento esperando nada en particular, sino sólo en la fila de tu propia vida, tratando de ser conciente y de no pisarle literalmente los callos al que te toca al lado, por buena costumbre, por consideración, vaya a saber uno, igual al fin y al cabo cada tanto sé que lo (o los) paso a llevar sin darme cuenta. Las disculpas del caso por si alguien que llegare a leer estas letras se sintiera identificado.
A ratos he llegado a sentir que mi vida pasa como arriba de un bus y la carretera moviéndose afuera, que esa es la estructura mejor armada que tengo, la de los cambios en los terminales, la de que jamás se me olvida el café para llegar con mejor cara a destino, sea en El Bato o en Huanta, aunque en esta ocasión se me quedó y le hice empeño con el café instantáneo, pero que va, las resacas después de noches de juerga no se pasan igual sin cafeína verdadera y será por eso que al día siguiente Juanita parecía estar mirando siempre al sudeste. Esta vez me enseñaron que existía la Redbull, artilugio que no uso casi por principio, se agradece el gesto, pero para la próxima mejor ponerle un parelé antes como dice una amiga mía por ahí y asumir que a los 3o y tantos ya no se aguanta tanto, o acordarse de las vacas camino a la ordeñadora y disfrutar con la mejor sonrisa la salida de programa y trabajar como estaba programado al día siguiente.
Yo no sé ustedes, extraños y conocidos, pero mi tesis en esta ocasión es que no siempre somos capaces de darnos cuenta del privilegio de los pasos que damos, por grises que anden los días, ojalá que en nuestro fuero interno estemos construyendo algo más que ese único camino a la planta ordeñadora. Sin quitar el crédito a la noble vaca sin cuyo líquido lácteo no seríamos lo mismo.
Por eso he vuelto a escribir en el blog, que es algo asi como palabras al aire, a nadie y todos, al universo, para obligarme de alguna forma a evitar la propia línea, porque siempre hay más para dar, para crear, para disfrutar y compartir.
A ratos he llegado a sentir que mi vida pasa como arriba de un bus y la carretera moviéndose afuera, que esa es la estructura mejor armada que tengo, la de los cambios en los terminales, la de que jamás se me olvida el café para llegar con mejor cara a destino, sea en El Bato o en Huanta, aunque en esta ocasión se me quedó y le hice empeño con el café instantáneo, pero que va, las resacas después de noches de juerga no se pasan igual sin cafeína verdadera y será por eso que al día siguiente Juanita parecía estar mirando siempre al sudeste. Esta vez me enseñaron que existía la Redbull, artilugio que no uso casi por principio, se agradece el gesto, pero para la próxima mejor ponerle un parelé antes como dice una amiga mía por ahí y asumir que a los 3o y tantos ya no se aguanta tanto, o acordarse de las vacas camino a la ordeñadora y disfrutar con la mejor sonrisa la salida de programa y trabajar como estaba programado al día siguiente.
Yo no sé ustedes, extraños y conocidos, pero mi tesis en esta ocasión es que no siempre somos capaces de darnos cuenta del privilegio de los pasos que damos, por grises que anden los días, ojalá que en nuestro fuero interno estemos construyendo algo más que ese único camino a la planta ordeñadora. Sin quitar el crédito a la noble vaca sin cuyo líquido lácteo no seríamos lo mismo.
Por eso he vuelto a escribir en el blog, que es algo asi como palabras al aire, a nadie y todos, al universo, para obligarme de alguna forma a evitar la propia línea, porque siempre hay más para dar, para crear, para disfrutar y compartir.
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