Nunca había visto nevar hasta la noche del 8 de agosto pasado, no sé si ahora puedo decir que conozco la nieve, porque aquí en Santiago Centro no se acumuló como en otros lugares, pero por fin salí de la duda. Sentí por momentos como si me atacaran del cielo, la sensación de tridimensionalidad me impresionó, el que sonara y la aparente lentitud de su deslizamiento hacia la tierra.
Esa semana había decidido darle un giro forzado a mi tesis (la de arqueología), porque mi profesora guía me llamó para pedirme cambiar la fecha de la reunión que le había solicitado, y su opción de día coincidía con una salida a terreno en la que me había comprometido. Ante su preocupación e interés porque mi trabajo avance de una buena vez por todas, no me quedó otra que asumir y quedarme; el “darme cuenta” ha sido lo más complejo, siempre hay situaciones que parecen impedir que yo continúe, pero es sólo eso, apariencia.
Lo medité y descubrí que era un cariño a mí misma: eso que tanto anhelo, ver mi tesis terminada y mi proceso de educación de pregrado concluido, y que significará que mi posición frente al mundo será en calidad legal de arqueóloga profesional, sólo puede y debe partir de mí misma. Tiene que ver con la autoestima, eso pensé, y por eso lo del auto-cariño.
Entonces vi la nieve y me pareció un regalo divino, una respuesta desde el cielo a mis ruegos que ya parecían letanías, por conocer un fenómeno natural que por ser nacida y criada a la vista del mar, me había sido esquivo. Lo agradecí, lo disfruté y lo que más me gustó fue estar junto a Carlos… que cuando conociera la nieve, él estuviera a mi lado, por suerte fue así, porque con lo loca que soy, si hubiera sido de otra forma capaz que hubiera apretado los ojos y me hubiese negado a creer que eso podía ser cierto sin su compañía.
viernes, 17 de agosto de 2007
Suscribirse a:
Entradas (Atom)