Los abusos de poder no tienen
dimensiones. No hay más pequeños o grandes abusos, en sí constituyen una falta
de respeto y no considerar al otro como una persona, en la integridad de su
cuerpo, emociones y alma. Y eso incluye la forma de pensar la religión, la
política o el medio ambiente, solo por mencionar algunos detalles de lo que nos
hace las personas que somos.
Si estamos en una posición de
poder, ser capaces de reconocer que ocupamos ese lugar y que debemos resguardar
a quienes deben o han decidido por alguna razón, compartir sus vidas con
nosotros, nos hace mejores personas y por ende, más poderosos en un buen sentido.
El poder no es algo malo, sino tan sólo cuando traspasamos la barrera de lo
permitido, es decir cuando desde ese lugar somos capaces de infligir un daño en
el otro. Ese daño no tiene dimensión, es daño. Puede provocar las lágrimas de
un niño al no responder su pedido de atención o las de un adulto al quebrar su
entereza en medio de cualquier día. Puede ser cobrar una deuda con interés más
allá de lo que la norma económica permite, o agredir sexualmente a un niño,
niña, adolescente, hombre o mujer. Es quebrar ese, a veces mínimo, espacio en
el que las personas confían que se podrán entender.
Pero ese entendimiento no ocurre,
quebrada la víctima el abusador domina la situación, y será perfecta la escena
si tras eso viene el silencio. Muchas personas con traumas y silencios
guardados describen dolores de garganta y problemas en la voz, incluso en
momentos de angustia aparece eso que parece tan común “un nudo en la garganta”,
una opresión, algo raro que es tan físico como emocional. Gracias al amor, uno
se sana. Al amor que uno le agarra a la vida, el que la vida te devuelve de
regalo por haber sobrevivido, el que llega de la mano de un compañero de ruta o
de un hijo, de la madre que te cobija, de algún amigo que arriesga en parte de
su vida por salvar al que se puede hundir. Sí, también gracias a la terapia de
psicólogos o psiquiatras, las que sean necesarias y de los tipos que se
quieran, pero si no hay un espacio o entorno de protección, confianza y
atención, la recuperación del haber sido vulnerados, no siempre se dará.
El poder es hermoso si es
bien usado, pero como humanidad nos hemos ido deshaciendo tras el anillo como
Golum. Tan hermosas oportunidades son desperdiciadas: la de compartir
conocimiento, de escuchar al otro, o de incentivar nuevas búsquedas, tanto como
ceder el paso en la calle al otro transeúnte o automóvil. El individualismo es
más que una moda, es una amenaza y está detrás de todo esto, como tras un velo
eso sí, medio escondido pero presente. Es tan solo un momento de cada día en
que podríamos modificar las acciones, la nuestra y de los que nos rodean.
Hace poco leí que un microbús
intercomunal, por Quilpué o Villa Alemana, un hombre fue golpeado por los
pasajeros, luego de que una niña avisara que había sido abusada por él. Los
comentarios que de la publicación, hecha en Facebook por cierto, incluían
alabanzas a la agresión hecha contra el hombre, porque no pueden seguir
ocurriendo abusos contra los menores, contra nadie, nunca más, y nadie hace
justicia como corresponde, más un largo etcétera en ese mismo sentido. Lo que
me impresionó, y sobre lo que me gustaría reflexionar, es que nadie se refirió
al estado de la niña, nadie en pos de su resguardo contó cómo estaba, ni
manifestó que ayudarla era contenerla, hacerle cariño, tranquilizarla, llamar a
sus padres, darle un tecito, decirle que estuviera tranquila, que no era culpa
de ella. Y por sobre encima de eso, socialmente es muy poco lo que se comenta
acerca de los efectos de los traumas, en la salud física (mil enfermedades son
herencias de traumas no tratados) y menos de salud mental.
No, no me gustan los abusos
de poder. Pero me han movido el alma y hoy son mi tema de estudio, en mis
queridas ciencias sociales y en todo mi ámbito de acción. Así, son una pasión,
una revisión y un no al silencio. Y lo que muchos tampoco saben es que hablar
para las víctimas es un proceso demasiado crítico, se estima en 20 años el
promedio que toma una persona en denunciar un abuso sexual infantil, pero ese
abuso es una huella de por vida. Si tienes tratamiento psicológico y
acompañamiento familiar, contención, sanarás y resignificarás, pero como una
costra en nuestras rodillas de la infancia, el trauma deja huella. Si a un
adulto hecho y derecho le cuesta volver sobre su trauma, piensen lo que
significa para un niño o niña. Un día, a propósito de la Comisión Valech y los
testimonios, una persona me contó su razón para no dar testimonio, pero también
me hizo un regalo de memoria y relató todo lo que había vivido, los olores y
dolores, los grillos, las estrellas, las voces de los torturadores y cómo los
reconoció: unos años después murió de cáncer en la boca.
En ámbitos cotidianos y sin
daños físico, un abuso de poder en un contexto académico puede cambiar el curso
de la vida de una persona, en su más amplio sentido. De ser bailarina a ser
arqueóloga, de ser abogado a ser escritor. Gilda Rodríguez fue nuestra maestra
de ballet, en los años 80 porteños: ella no quiso ser parte del BANCH, había
estudiado en la Universidad de Chile, pero ella era la profesora de academia de
provincia. Y a mi parecer, además de técnicas de ballet, al menos a mí me
enseñó que uno puede dejar de lado su ego y disfrutar el brillo de los otros. El
mejor lugar de quien honestamente es maestro. La he recordado mucho a partir de
una experiencia reciente en contexto académico, ella buscó un lugar para mí que
no me subí a las puntas: la danza moderna ha sido mi adoración. No me criticó,
no me dijo que no podía seguir ahí, me incluyó en el baile de puntas de las
demás, reforzó la delicada estructura de la autoestima de una niña que sí
empinaba la vida por sobre los 10 años.
Es fácil decir “haz una
denuncia” pero no todos pueden hablar, no los culpen por favor. Y en eso de
analizar los abusos de poder en las pequeñas acciones de cada día, ponerse en
el lugar del otro es el más difícil de los ejercicios. Si tu no lo has vivido,
si no puedes imaginar el dolor o la pena, no emitas juicio. Y cuando alguien denuncia
abusos de poder, del tipo que sea, ponerse a su lado e intentar escuchar su
corazón, su voz, la que habló y la que guardó, se agradece y genera confianzas.
Como bien enseña Vinka Jackson: Escuchar, creer y proteger (http://vinkajackson.com/dossier_asi/develacion-asi-recepcion-del-relato-algunas-claves/)
Esta semana celebramos que el
Congreso Nacional aprobó el uso de entrevistas video grabadas en niños y niñas
víctimas de ASI, respiramos aliviados todos los que queremos una infancia protegida
y futuros adultos más sanos. Y se agradece que haya gente que hace este trabajo.
Los invito a pensar, a compartir y, citando a Vinka otra vez 😊 a
escuchar, creer y proteger a nuestros niños, niñas y adolescentes, a los
grandes también.