lunes, 9 de abril de 2007

Antes de partir a Ollagüe tuve un par de conversaciones justo con ese par de amigas del alma y el tema que flotaba en el aire era exactamente el anterior: las conversaciones.
Cuan poco conversamos y cuanto nos hace falta, decir lo que sentimos, lo que nos molesta y lo que nos gusta (no me recuerden los huevos revueltos, que ya aprendí). Mi tema pasa porque hablo poco, sobre lo que me afecta en lo más íntimo, porque no es así para el copuchenteo cotidian. Pero bien saben algunos que a veces cuando me da por hablar...ayayay...puedo ser capaz de decir lo impensable. Y vaya lo mismo para mis amigas, si es que por algo nos juntamos en este mundo, no todas claro, hay algunas más parlantes que otras, pero al final el tema era la conversación.
Vivimos de agendas ocupadas de nada que hacer en el fondo de nuestas almas y en eso se nos va el tiempos, por eso lo de Ollagüe fue particularmente notorio. Éramos 3 desconocidos a 4.000 msnm -y yo me apuno a los 2.000- y de pronto estábamos sentados en el único boliche del pueblo, sólo con una cerveza de 1/2 litro en la mano y no nos dimos cuenta cuando estábamos hablando exactamente de quiénes éramos y cómo nos iba la vida de esta manera. Al final se lo adjudiqué a la altura, la falta de oxígeno hace que el cerebro se sienta al borde de la intoxicación y uno casi alucine (o alucine de una, basta cerrar los ojos y Hollywod es una alparagata).
Pero fue una buena sensación, y agradezco sinderamente la bondad de la medicina homeopática y alopática, que hicieron factible que llegara a los 4.401 msnm sin morir en el intento.

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